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4 realidades que esconden sesgos de género para las mujeres científicas

Si bien ya he hablado en este blog sobre qué es la carrera investigadora y cómo la tesis doctoral puede contribuir a desarrollarla, la realidad nos muestra que llegar a ejercerla no tiene el mismo grado de facilidad para todos. En función del sexo, llegar a desempeñar puestos de responsabilidad, liderar equipos o conseguir proyectos pueden ser meros trámites o una extenuante travesía llena de escollos. Es un hecho que las mujeres lo tenemos más difícil para trabajar y promocionar en el ámbito científico, aunque estemos igual o más cualificadas que un candidato varón.

El llamado techo de cristal (conjunto de limitaciones veladas al ascenso por méritos de las mujeres dentro de organizaciones) no entiende de formación o nivel cultural y sí, también existe en la universidad y en los más altos centros del saber. A continuación vamos a analizar cómo se articula esta discriminación y por qué se produce.

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Ser mujer y científica sigue siendo un reto en pleno siglo XXI. [Imagen: Pixabay]

1. Las niñas no se ven siendo científicas

En la OCDE solo el 5,2% de las adolescentes frente al 12% de los chicos espera trabajar en ciencia e ingeniería. Solo una de cada 100 muchachas españolas afirma querer dedicarse profesionalmente a este ámbito. En general, las niñas tienen una percepción de autoeficacia (es decir, la idea subjetiva que alguien desarrolla sobre sus propias capacidades) mucho más baja que los varones en cuanto a habilidades tecnológicas y científicas. Parece que, de algún modo, la construcción social y cultural de los roles de género empuja a creer que las mujeres tienen más destrezas naturales para tareas de cuidado y educación, por ejemplo, unos estudios en los que sí son mayoría. No hay ninguna evidencia que respalde esta idea en la actualidad, pero ellas tienden a creer que las ciencias se les dan peor. Incluso se ha verificado que los estudios que incluyen la palabra ingeniería provocan miedo e inseguridad en las estudiantes a la hora de elegirlos, como pasó con Informática cuando se le cambió la denominación oficial. La educación en igualdad y desarrollar la cultura científica son fundamentales para mejorar la autoimagen desde la infancia.

2. Hay pocos modelos a seguir

Si tuvieras que recordar al menos cinco ganadores de Premios Nobel científicos, ¿a cuántas mujeres citarías? ¿Sabes quienes fueron Rachel Carson, Mae Jemison, Rosalind Fraklin, Hedy Lamarr, Emily Noether o Ada Lovelace? ¿Sabías que que hasta 2017 el CSIC nunca había estado dirigido por una fémina? (aquí puedes leer una entrevista con su responsable, Rosa Menéndez). Las niñas y jóvenes que ven despertar su vocación apenas tienen referentes en los que basarse, simplemente porque el prisma cultural es patriarcal. Modificar el enfoque de los materiales en la escuela para sacar a las mujeres del olvido de la Historia es un primer paso. Además, hay que fortalecer la capacidad de decisión de las estudiantes, para que elijan libremente y compitan con sus compañeros de estudios en igualdad de condiciones.

3. El liderazgo femenino está lastrado por prejuicios

Las mujeres son el 48% de los investigadores en los organismos públicos científicos y el 43% en las universidades en España. Sin embargo, las mujeres son solo el 16% de los rectores, el 21% de los catedráticos y el 25% de los investigadores, según el informe Científicas en Cifras. Además se ha asimilado socialmente que lo tienen más difícil para liderar equipos cuando son madres: hasta hace no mucho tiempo se recomendaba, puertas adentro, que el investigador principal fuese hombre para tener más posibilidades de éxito con cualquier proyecto. También hay personas que creen (aunque no lo expresen en público) que las mujeres resisten peor la presión, priorizan siempre su familia antes que su carrera, no saben tomar decisiones o son demasiado blandas en situaciones de urgencia (algo que ha desmontado un estudio en el que queda patente que la mujer tiende a puntuar más alto en habilidades de liderazgo). La visión de las mujeres no es tenida en cuenta en las empresas tecnológicas, tal y como denuncia Jessica Powell, una exdirectiva de Google que abandonó la empresa por decisión propia. En general, hay un machismo sutil que no tiene que ver con el nivel cultural ni de estudios, sino que sigue arraigado simplemente porque ahora la mujer llega a cotos cerrados a los que tradicionalmente no se le permitía acceder y eso genera resistencia.

4. Los proyectos presentados por mujeres consiguen menos financiación

Tal vez el sesgo más injusto y grave, ya que frena la progresión de las mujeres en la ciencia. Un estudio publicado en The Lancet asegura que las féminas salen perjudicadas frente a los hombres cuando la revisión por pares evalúa al solicitante en lugar de la calidad de sus proyectos científicos. Es decir, el propio sistema de valoración alimenta los sesgos de género, que podrían eliminarse si dejara de valorarse quién está detrás de cada propuesta. En cuanto a la empresa privada, sabemos que las féminas cobran entre un 10 y un 20% menos que un homólogo varón haciendo el mismo trabajo. Ahora, además, parece demostrado que la una mujer tiene menos posibilidades de obtener un aumento de sueldo aunque lo solicite con la misma frecuencia que un hombre.

Quedan por derribar muchas barreras para asegurar el progreso de las mujeres. La diferencia es que en los llamados países avanzados éstas suelen ser sutiles (especialmente a mayor nivel académico) lo cual dificulta su detección. La cultura de trabajo sigue siendo machista y hay pocas mujeres en puestos clave, algo que ayudaría a transformar la manera de hacer las cosas. Por eso resulta clave alentar las vocaciones científicas en las niñas y educar a nuestros hijos e hijas en la igualdad desde edades tempranas. Casos como el de la adolescente Alai Miranda, pueden servir de ejemplo y motivación para las niñas.

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