Iniciamos un agosto de reseñas cinéfilas en este blog. «Yo aspiro a que sea complicado dormirse cuando alguien empieza a leerme», dispara a bocajarro el autor en uno de los capítulos del libro que hoy traigo a EL SILLÓN DE LEER. Esa es una de las cualidades que admiro de él: lo bien que escribe. Empecé a seguir a Carlos Boyero (Salamanca, 1953) en El Mundo siendo adolescente y sigo haciéndolo en El País. Mi ausencia de mitomanía me hace estar en desacuerdo con él en multitud de ocasiones, pero soy cinéfila y sus críticas y columnas sobre el Séptimo Arte son perlas en el océano de mediocridad y anacolutos que es el periodismo actual.
Carlos Boyero empezó en los setenta del siglo pasado como crítico de cine en La Guía del Ocio de rebote, a instancias de un jovencísimo Fernando Trueba que dejaba vacante el puesto para rodar películas. Desde entonces, se ha convertido en un verso libre del panorama cultural y cinéfilo: o lo amas o lo odias. Tan controvertida es su persona, que TCM le dedicó un documental titulado El crítico. Me resulta chocante que un simple periodista haya terminado convertido en tótem, marca, sello o comoquiera que los publicistas llamen al hecho de que te conozca todo dios (aunque sea para despellejarte). Descubrir, incluso, que a Boyero le enternece Baby Yoda cuando su medio le manda escribir la crítica de The Mandalorian le da ese puntito de carne y hueso que todo mito debe poseer para serlo. He leído este libro no porque admire al personaje, sino a su honestidad (a veces, tan feroz como para poner de vuelta y media El día de la revelación, de un mito viviente llamado Steven Spielberg).
Sinopsis
A través de 25 capítulos cortos y un epílogo, el autor presenta una suerte de memorias sui géneris, en las que desgrana su trabajo (y sus problemas para ejercerlo sin censura), sus opiniones, sus recuerdos, sus amores, sus frustraciones, sus adicciones, su relación con los libros y el cine, sus amigos y enemigos. No respeta la estructura de una autobiografía, pero condensa las claves para entender a quien lo escribe, sin evitar lodazales ni autocrítica.
Comentario personal
El libro es una delicia en cuanto a sarcasmo, vitriolo y sinceridad. Si las letras se desprendieran de las hojas y cayeran al suelo, lo disolverían como el ácido clorhídrico. Dejando de lado aspectos de su vida privada que no me interesan en absoluto, el autor parece charlar constantemente con el lector. «No sé mentir. No es una virtud. Es que no puedo, es que no sé», admite en los primeros compases. Quizás esta sea la razón de fondo por la que ha tenido tantos encontronazos a lo largo de su vida laboral, sin cuerda que lo ate a idearios ni modas. Despelleja a directores de grandes periódicos nacionales con la misma naturalidad con la que dedica un capítulo a su inquina hacia Almodóvar y su círculo de adoradores: «El nombre de Pedro Almodóvar no me sabe a nada. Bueno sí, a hastío. Me aburre. Me cansa. Me irrita (…). [A pesar de algunas excepciones] he pasado demasiadas horas de hastío y de vergüenza con su cine». Dejo que los lectores descubran la (tentativa de) venganza del manchego.
Se trata, en suma, de un libro para cinéfilos, pero que no habla sólo de cine. Me gusta su forma desprejuiciada de enfrentarse a todo y a todos. Me chirrían, sin embargo, dos constantes que trufan el relato: un edulcorado machismo y cierta tendencia a la autocompasión. Es posible que a su edad el autor esté ya de vuelta de todo. Pero también se le supone consciente de que ir por libre implica renuncias y, si uno apuesta a esa carta, debe asumir las consecuencias. Me resultan pueriles sus excusas en la vejez, los excesos o los ‘no entiendo este mundo’. O sea, Boyero sin filtros. Como siempre.
Mi valoración
6/10
Lo mejor: El tono ácido y las anécdotas despiadadas (incluso consigo mismo). Lo peor: Es un libro de y sobre Boyero. Solo atraerá a quienes lo conozcan.
Ficha técnica
«No sé si me explico» de Carlos Boyero, con la colaboración de Borja Hermoso. Editorial Espasa, 200 páginas. Encuadernación rústica con solapas. ISBN 978-84-670-7255-6.

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