Para cualquier bibliotecaria (yo lo he sido), hay personas que marcan la disciplina. María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981) es una de ellas. Coincidiendo con el 45º aniversario de su muerte, la traigo al primer SILLÓN DE LEER de 2026. Vio la luz con el siglo XX, se alojó en la Residencia de Señoritas de Madrid, sobrevivió a la Guerra Civil. Su obra magna, el Diccionario de uso del español editado por Gredos en 1966 ha trascendido el espacio y el tiempo para transformarse, simplemente, en el Moliner. Este trabajo, en el que consumió décadas, sería más que suficiente para recordarla. El filólogo y novelista hispano-argentino Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) le ha dedicado una biografía novelada que pretende ir mucho más allá.
La premisa narrativa de la obra es la injusticia cometida al no admitir a Moliner en la RAE, con la oposición de académicos como Cela. Licenciada en Geografía e Historia, funcionaria del Cuerpo Facultativo de Archivos y Bibliotecas desde 1922 y competente lexicógrafa, sus ilustres señorías consideraron un pecado abrir las puertas de su institución a una mujer que, además, no era filóloga. El título del libro proviene de una frase de Emily Dickinson, quien gustaba de quedarse embobada mirando palabras hasta que empezaban a brillar. Para Neuman, Moliner estaba seducida por las palabras, las amaba, las ordenaba y transformaba, hasta mutar ella misma a la par que su diccionario. El libro se lee con gusto gracias a una esmerada edición (que incluye reproducciones de fichas con tipografía mecanografiada), pero se queda en tierra de nadie. Deshilachado como novela, almibarado como biografía. La nota final del autor es insuficiente para dar solidez a lo que acaba siendo un ejercicio de estilo.

Sinopsis
Vida novelada de María Juana Moliner Ruiz, desde una infancia marcada por dificultades económicas y familiares (un padre que se enrola como médico de un buque a Argentina para no regresar jamás) hasta su vejez, siguiendo su formación académica, su trabajo como bibliotecaria bajo la IIª República y el gobierno de guerra en Valencia, su matrimonio, su papel de madre, la gestación de su célebre diccionario y el fracaso de su candidatura a la RAE. La obra explora su relación íntima con las palabras como forma de resistencia y de justicia frente a un entorno intelectual y político hostil, hasta un desenlace en el que el deterioro de su propia memoria contrasta con el legado perdurable de su obra, quizás más valorada con los años.
Comentario personal
Altas eran mis expectativas hacia este libro, pues hace años leí El exilio interior. Vida de María Moliner una exhaustiva biografía académica escrita por Inmaculada de la Fuente. Lo que hace Neuman no se parece a nada y desde luego, es un mérito. Sirviéndose de la técnica narrativa conocida como In media res, la novela arranca en la mitad, para desplegarse en saltos retrospectivos. Alejado de academicismos, su prosa es rica, sensorial, preñada de metáforas. Atrapa al primer vistazo. Así describe, por ejemplo, cómo pierde María a su primogénita con el catedrático de Física Fernando Ramón Ferrando en parto prematuro: «Se quedó embarazada ese verano. Se lo dijo su cuerpo antes que su médico (…). La madrugada del parto, oyó el crujido de su cadera abriéndose de un modo inconcebible. Sufrió un breve desmayo y dijo su propio nombre. Era María saliendo de María». El libro narra las andanzas de la protagonista de tal modo que la mezcla entre realidad y ficción resulta imposible de separar.
Me ha gustado la parte dedicada a su infancia marcada por un padre ausente, su adolescencia como alumna de la Institución Libre de Enseñanza y su temprana fascinación por el lenguaje como arma que va más allá de la realidad («¿Cómo podrían transformarse tanto las palabras, dependiendo de si salían de la boca o la mano? Cuando las decían, no llegaba a atraparlas del todo. La corriente del habla se las llevaba enseguida. Cuando las anotaba, en cambio, María era capaz de saborear cada sonido»). En la Residencia de Estudiantes conoció a un joven poeta de ojos penetrantes llamado Federico y a otro aragonés inmortal, Luis Buñuel, con quien mantuvo correspondencia toda su vida y a quien se refiere siempre como Buñuelo. El humor es nota esencial de esta novela. En 1925, ya con plaza de funcionaria, contrae matrimonio; tras el primer embarazo malogrado concebirá otros cuatro hijos: Enrique, Fernando, Carmen y Pedro. Los dos primeros harán vida lejos de España. Al cuidado de Carmina pasará sus últimos años, desmemoriada por el Alzheimer, desde que en 1974 queda viuda. El benjamín será su negociador con la editorial Gredos tras el éxito del Diccionario. Particularmente interesantes son, desde el punto de vista histórico, sus aportaciones a la política bibliotecaria de la IIª República y sus argumentarios de defensa cuando es expedientada y degradada bajo el franquismo, mientras su marido es temporalmente inhabilitado para ejercer la docencia.
Terminan aquí las bondades de una biografía que lo es y no lo es. La sostiene una prosa exquisita, hermosa, electrizante. El mito de la abuelita laboriosa que roba horas al sueño entre millones de fichas queda desmontado por una existencia plácida, en la que nunca faltó servicio doméstico, comida en la mesa y veranos bajo el sol mediterráneo en una segunda residencia. Con los años, recuperó incluso el escalafón que le había sido arrebatado. La vida de Moliner merece ser contada, sí, pero no deja de ser la de una funcionaria que capeó años terroríficos con mejor suerte que otras compañeras como Juana Capdevielle, vilmente asesinada en estado de gestación poco después del golpe de Estado. Neuman se aferra a la condición femenina de su biografiada para insistir en la injusticia cometida por los académicos. Cuando el Diccionario sale a la venta, las amas de casa serán sus principales valedoras, junto con Dámaso Alonso (para ella, Sito) y Carmen Conde, a la sazón primera académica de la RAE en 1978. Neuman escribe, para mí, uno de los más bellos párrafos del libro: «Muchas lectoras parecían haber adoptado su diccionario como algo más que un libro de consulta: para ellas tenía cierto carácter de manifiesto cotidiano, de rebelión secreta. Quizás era una forma de recuperar, palabra por palabra, todo el lenguaje que les habían quitado».
La novela, estructurada de manera circular, concluye como empezó: con la visita de un anciano Dámaso Alonso a la casa de Moliner para comunicarle el rechazo de su candidatura en 1972. El filólogo Emilio Alarcos ocupará el sillón en disputa. El libro se extiende durante tres años más, hasta 1975, pero las últimas 30 páginas se hacen algo pesadas. Nadie duda del machismo rampante de una institución que tiene alfombras sin levantar, pero creo que Neuman obvia el tiempo y las circunstancias que le tocó vivir a una humilde lexicógrafa. (¡Arturo Pérez-Reverte no es ni ha sido nunca filólogo!). Moliner hubiera entrado hoy por la puerta grande con aplausos, porque no todas las lenguas tienen ese tesoro que es un diccionario de uso. Hace medio siglo pesaba más su condición de mujer, madre y abuela, su moño, sus gafas. No importa. Los dos tomos de su diccionario hablan por ella y la sobrevivirán eternamente, como su amor por las palabras.
Mi valoración
7,5/10
Lo mejor: La prosa y el humor que destila, así como la devoción a María Moliner. Lo peor: Exceso de fabulación que puede cansar. Como libro híbrido, no llega a cuajar en ninguno de los dos géneros.
Ficha técnica
Hasta que empieza a brillar, de Andrés Neuman Galán. Editorial Alfaguara. 296 páginas. Encuadernación rústica con solapas. ISBN: 9788410496279.
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